Entre el Hombre #1 y el Hombre #2 pasaron diez años.
Diez.
Lo cual, teniendo en cuenta lo que vendría después, demuestra que nunca he sido una persona especialmente constante.
Aunque sería injusto resumir aquellos años diciendo que no pasó nada.
Pasó ella.
Una chica con la que mantuve una relación durante dos años y que marcó mi vida para siempre. Pero esa es otra historia y tendrá su momento, porque 593 hombres después habla de hombres, sí, pero mi vida nunca ha respetado demasiado bien las categorías.
Cuando aquella relación terminó yo tenía 21 años.
Y había algo que, incomprensiblemente, seguía guardado en algún rincón de mi cabeza: D.L.F.
Habían pasado diez años y todavía recordaba aquella cabaña. Recordaba aquel descubrimiento y, sobre todo, seguía preguntándome qué habría al otro lado de aquella curiosidad.
El problema era bastante sencillo.
No sabía cómo encontrarlo.
Ahora alguien de 21 años abre una aplicación, pone una foto en la que casualmente se le ha olvidado abrochar tres botones y, antes de terminar de escribir «hola», ya tiene un catálogo de posibilidades geolocalizadas a 300 metros.
Entonces no.
Entonces yo estaba solo.
O, al menos, creía estarlo.
No tenía con quién hablar. No sabía quién podía sentir lo mismo. Ni siquiera sabía dónde se suponía que estaban los hombres que buscaban a otros hombres.
Hasta que mi padre compró un periódico.
Un simple periódico de compraventa de segunda mano.
Objetos usados, coches, muebles, oportunidades y, escondida entre todo aquello, una sección que iba a cambiarme la vida:
Contactos.
Aquello fue mi Grindr analógico.
Sin fotografías.
Sin ubicación.
Sin perfiles.
Y, desde luego, sin botón de bloquear.
Decidí poner un anuncio.
«Jovencito de 21 años busca hombre maduro para pasarlo bien.»
No sé exactamente de dónde saqué el valor para escribirlo. Probablemente del mismo lugar del que he sacado muchas de mis decisiones posteriores: una combinación peligrosísima de curiosidad, inconsciencia y calentón.
El procedimiento era casi arqueológico visto desde hoy.
Había que llamar a un número de teléfono, introducir un código y escuchar los mensajes que otros hombres habían dejado respondiendo al anuncio.
Lo hice.
Y de pronto aparecieron las voces.
Una.
Otra.
Otra más.
Hombres.
Muchos hombres.
Hombres que querían conocerme.
Aquello fue una revelación.
No estaba solo.
Llevaba años pensando que aquello que sentía pertenecía exclusivamente a mi cabeza y, de repente, tenía un teléfono lleno de desconocidos demostrando exactamente lo contrario.
Estaba aterrorizado.
Y excitado.
Muchísimo.
Durante dos días escuché aquellas voces una y otra vez, imaginando qué ocurriría si finalmente me atrevía a contestar a alguna.
Hasta que elegí la primera.
Tenía 58 años.
Yo, 21.
Quedamos en la esquina de Rosales con Marqués de Urquijo.
Me dio un dato para reconocerlo:
Opel Kadett rojo.
Llegué.
Vi el coche.
Comprobé la matrícula.
Y me temblaban hasta cosas que desconocía que pudieran temblar.
Abrí la puerta y subí.
No sabía cómo se llamaba.
Pensándolo ahora, aquello debería haberme parecido una información relativamente importante.
Pero tenía 21 años y mis prioridades administrativas eran otras.
Era un hombre de aspecto corriente, complexión normal, pelo canoso. Nada especialmente llamativo. Empezamos a circular y hablamos de cualquier tontería, seguramente porque ninguno de los dos tenía demasiado interés en la conversación.
Hasta que dejó bastante claras sus intenciones. Me cogió la mano, la llevó al paquete y me dejó ir poniendo duro lo que me iba a comer minutos más tarde…
Yo también descubrí que las mías estaban bastante claras. Con una erección instantánea espectacular
Esta vez ya no era aquel niño de la cabaña que no entendía qué estaba sucediendo. Habían pasado diez años, había visto porno y la teoría la tenía razonablemente estudiada.
La práctica llegó enseguida.
Y descubrí que algunas cosas necesitan muchas menos instrucciones de las que uno imagina.
Cinco minutos después, por su expresión, llegué a la conclusión de que el examen práctico estaba aprobado.
Yo estaba todavía procesando lo que acababa de ocurrir cuando llegó la segunda lección de aquella tarde.
Y no tenía absolutamente nada que ver con el sexo.
—Baja del coche.
Pensé que no lo había entendido.
—Estamos lejos de donde me recogiste.
—Baja.
Su actitud había cambiado.
No discutí.
Abrí la puerta y bajé.
El Opel Kadett rojo desapareció delante de mí como si su conductor acabara de recordar que había dejado encendido el gas en 1987.
Me quedé allí.
Solo.
Sin saber exactamente dónde estaba.
Sin conocer su nombre.
Sin saber por qué aquel hombre que cinco minutos antes me había buscado con tanta urgencia ahora parecía necesitar huir de mí.
Y me tocó caminar.
Mucho.
Tardé un buen rato en conseguir llegar al bar donde trabajaba.
Durante años pensé en aquel final.
Con el tiempo comprendí que nunca sabré qué estaba ocurriendo realmente dentro de la cabeza de aquel hombre. Quizá tenía una mujer esperándolo. Quizá una familia. Quizá simplemente quería sexo anónimo y nada más. O quizá cargaba con una culpa que yo, con 21 años, todavía no sabía reconocer.
Sería demasiado fácil escribir ahora su historia por él.
Así que prefiero quedarme con la mía.
Porque aquel desconocido me dejó tirado en algún lugar de Madrid, pero involuntariamente me había entregado algo mucho más importante.
Una certeza.
Había otros hombres.
Muchísimos.
Yo podía desearlos.
Ellos podían desearme.
Y el mundo que llevaba años intentando encontrar, existía de verdad.
Llegué tarde al bar, cansado y probablemente con una cara difícil de explicar.
Pero era feliz.
Me habían abandonado a kilómetros de donde había empezado la tarde, había realizado una de las mayores imprudencias de mi juventud y ni siquiera sabía el nombre del hombre con el que acababa de estar.
Un desastre.
Un absoluto desastre.
Pero mientras caminaba pensé algo que, después de diez años recordando aquella cabaña, por fin podía decir:
Ya sabía lo que se sentía.
El Hombre #2 desapareció en un Opel Kadett rojo.
Yo, en cambio, acababa de arrancar.

