E.P.C. — Mi gran amor en la sombra

Hay una mujer en 593 hombres después.

Y no está aquí por error.

Se llamaba E.P.C. y apareció en mi vida cuando yo tenía 17 años y ella 18, mucho antes de que un periódico de segunda mano y una sección de contactos me enseñaran que existía todo un mundo que yo todavía no sabía cómo encontrar.

Era alta, rubia y de pelo rizado.

Y se encargó prácticamente de todo.

De conocernos.

De avanzar.

De convertirnos en pareja.

Y también del sexo.

Esto último fue bastante conveniente porque yo, a los 17 años, podía tener muchas ganas de descubrir el mundo, pero venía sin manual de instrucciones.

Estuvimos juntos dos años.

Y la quise.

Muchísimo.

Aunque existe una pequeña complicación que quizá debería mencionar.

Yo estaba colgado de su hermano.

Y de su padre.

De los dos.

Muchísimo.

Empezamos bien.

E.P.C. no sabía nada. Nadie sabía nada. Probablemente ni siquiera yo sabía todavía cómo explicar lo que me ocurría.

No tenía referentes.

No conocía a otros hombres como yo.

No existían aplicaciones en un teléfono que pudieran decirme que había alguien a cuatrocientos metros preguntándose exactamente lo mismo.

Para mí aquel deseo era una habitación cerrada de la que todavía no había encontrado la puerta.

Así que vivía una paradoja bastante considerable: tenía una novia a la que quería mientras fantaseaba secretamente con dos hombres de su propia familia.

Si alguien estaba esperando encontrar coherencia en este blog, este es un buen momento para abandonar.

Un domingo por la mañana

E.P.C. decidió que había llegado el momento de acostarnos.

Naturalmente, también organizó eso ella.

Alquiló una habitación en un hostal de Madrid un domingo por la mañana.

Un hostal.

Una habitación.

Una cama.

Y ningún cuarto de baño dentro.

Este último detalle terminaría siendo importantísimo.

Porque llegó el momento de desnudarnos y descubrí algo acerca de mí que continúa siendo bastante cierto: cuando me pongo nervioso, mi organismo entero se declara en estado de emergencia.

Me desnudaba.

Me ponía nervioso.

Me volvía a vestir.

Salía de la habitación.

Me iba al cuarto de baño.

Regresaba.

Me desnudaba otra vez.

Nervios.

Ropa.

Pasillo.

Cuarto de baño.

Aquello dejó de parecer una primera vez y empezó a parecer un entrenamiento por intervalos.

E.P.C., que debía de tener una paciencia extraordinaria, seguía allí cada vez que regresaba.

Siete horas.

Siete horas tardamos en completar aquella primera jornada sexual.

No sé si aquello fue hacer el amor o unas oposiciones, pero finalmente aprobamos.

Y con plaza.

Porque una vez superada la primera vez, desaparecieron rápidamente las contemplaciones.

Durante aproximadamente un año le dimos a la matraca con el entusiasmo propio de dos jóvenes que acababan de descubrir que para aquello no hacía falta reservar un hostal.

Nos servía prácticamente cualquier sitio.

El dónde era secundario.

Nosotros nos queríamos, teníamos dieciocho años y el sentido común todavía estaba en fase beta.

Hasta que un día dejó de ser un juego.

E.P.C. estaba embarazada.

América

Cuando nuestras familias lo supieron, las decisiones empezaron a tomarlas otros.

A ella la llevaron a un centro para madres solteras.

A mí me mandaron a Estados Unidos.

Así.

Ella por un lado.

Yo por otro.

De repente, aquellos dos adolescentes que habían pasado de no saber qué hacer en una habitación de hostal a creerse capaces de comerse el mundo dejaron de tener cualquier control sobre sus propias vidas.

Me marché a Estados Unidos y permanecí allí bastante tiempo.

Aprendí inglés.

Conocí otro país.

Viví otra vida.

Pero mientras yo aprendía a desenvolverme al otro lado del Atlántico, E.P.C. estaba viviendo algo infinitamente más importante.

Nuestro hijo nació con problemas.

Y murió.

Hay acontecimientos a los que puedo añadirles cuarenta años de perspectiva, una frase ingeniosa y todo el sarcasmo del que soy capaz.

A este no.

Murió nuestro hijo.

Y eso es todo.

Cuando regresé de Estados Unidos, E.P.C. y yo ya no éramos aquellos dos adolescentes.

Quizá ni siquiera era posible volver a serlo.

Cada uno tomó su camino.

No volvimos a vernos.

Nunca.

La mujer que quedó entre los hombres

Durante mucho tiempo podría haber contado esta historia de una manera muy sencilla:

«Tuve una novia durante dos años.»

Y sería verdad.

Pero sería una verdad diminuta.

Porque E.P.C. fue mucho más que eso.

Fue mi primera relación larga. Mi primera convivencia emocional con otra persona. La mujer con la que descubrí una parte de mi sexualidad mientras otra permanecía completamente escondida. La persona con la que compartí una pérdida que, aunque después tomáramos caminos distintos, forma parte de nuestra historia para siempre.

También existe una pregunta inevitable.

¿La engañé?

No hablo de acostarme con otra persona.

Hablo de quererla mientras deseaba algo que no podía contarle.

Durante aquellos años yo todavía estaba intentando entenderme. No tenía las palabras que tengo ahora. Ni los hombres que vendrían después. Ni siquiera sabía dónde encontrarlos.

E.P.C. conoció al chico que yo era.

No al hombre en el que terminaría convirtiéndome.

Después llegó aquel periódico.

Después llegaron las voces.

Después llegó el Opel Kadett rojo.

Y después llegaron muchos, muchísimos hombres.

Pero antes de todos ellos estuvo ella.

La única mujer con la que compartí aquella intimidad.

Nunca volví a acostarme con una mujer.

Y nunca volví a ver a E.P.C.

Qué extraño resulta descubrir, después de toda una vida, que algunas personas desaparecen completamente de tu presente y, sin embargo, siguen ocupando una habitación entera de tu pasado.

E.P.C. tiene una.

Y supongo que siempre la tendrá.