Después de aquel abandono en medio de la nada, con esa sensación de sentirme como una prostituta a la que habían dejado tirada después del servicio, le cogí cierto miedo a probar suerte con otra voz.
Y digo voz porque, por aquel entonces, todo empezaba así.
Una voz.
No había fotografía. No había perfil. No había Instagram que investigar durante cuarenta minutos para descubrir hasta el nombre del perro de su ex. Solo una voz al otro lado del teléfono y tu imaginación haciendo horas extraordinarias.
Pasaron unos días hasta que decidí volver a intentarlo.
Me armé de valor y regresé a aquel carrusel de voces masculinas. Cada una me llevaba a un rincón diferente de mi cabeza. Una era seria. Otra grave. Otra demasiado amanerada para lo que yo buscaba en aquel momento. Otra parecía tener setenta años aunque juraba tener treinta y ocho.
Y entonces apareció esa voz.
Tenía acento.
No era español.
Y madrileño, desde luego, tampoco.
Se presentó como un hombre serio, cariñoso y, por supuesto, muy discreto.
Ah, la discreción.
Esa palabra mágica que durante décadas ha abierto más puertas, ventanas y pantalones que cualquier otra expresión de la lengua española.
—Soy muy discreto.
Claro.
¿Y quién iba a preguntar más?
Hablé con él un buen rato. Era un hombre de mediana edad, italiano, y vivía en Chamberí.
Aquello ya me hizo gracia.
Un italiano viviendo precisamente en el barrio donde yo había nacido.
Más castizo imposible.
Quedamos en la calle Luchana. Vivía muy cerca y su planteamiento era bastante sencillo: nos veíamos, comprobábamos si existía esa cosa tan misteriosa llamada química y, si ambos estábamos de acuerdo, continuaríamos el encuentro en su casa.
Una especie de casting presencial.
Apareció un hombre de aproximadamente metro ochenta y unos cien kilos.
Grande.
Canoso.
Con presencia.
Y con unas manos enormes.
No sé explicar muy bien qué tenían aquellas manos, pero recuerdo perfectamente la reacción de mi cuerpo cuando me saludó.
Mi cuerpo, como siempre, tomando decisiones antes que yo.
No recuerdo su verdadero nombre, así que lo llamaré Leonardo.
Y no solo porque fuera italiano.
Lo llamaré Leonardo porque aquel hombre terminó enseñándome algo sobre el arte de disfrutar de otro cuerpo.
Estuvimos cerca de dos horas hablando.
Dos horas.
Y luego, cuando por fin llegó el momento que llevaba imaginando desde que escuché su voz por teléfono, la parte práctica fue considerablemente más breve.
Mucho más breve.
Digamos que la conversación tuvo largometraje y la cama, cortometraje.
Debo reconocer que aquello me fastidió un poco.
¡Con lo cómoda que era aquella cama!
Aunque también existe otra posibilidad: que yo estuviera tan excitado que fuera demasiado deprisa.
O que él estuviera demasiado excitado.
O, naturalmente, la explicación que más me gusta:
que yo estuviera tan espectacular que aquel pobre hombre no tuviera ninguna posibilidad.
Hay versiones de la historia que uno no necesita comprobar.
Basta con creerlas.
Pero lo importante de Leonardo no fue cuánto duró aquello.
Fue lo que vi a su alrededor.
Su casa.
Su manera de vivir.
Su tranquilidad.
Sus cosas.
Aquella sensación de hombre adulto que parecía haberse construido una vida confortable, elegante y libre.
Y recuerdo pensar:
Yo, cuando tenga su edad, quiero vivir así.
Con comodidad.
Con ciertos lujos.
Con libertad.
Durante años creí que crecer consistía precisamente en eso: imaginar una vida y conseguir que se pareciera lo máximo posible a ella.
Después descubrí que no.
Mi vida no iba a ser como la de Leonardo.
Ni como la de nadie.
Iba a ser desordenada.
Sorprendente.
A veces maravillosa.
A veces una auténtica mierda.
Iba a equivocarme muchas veces.
Iba a querer cosas que después dejarían de importarme.
Iba a perder personas que creía imprescindibles y a conocer otras que todavía no podía imaginar.
Pero había algo que sí tenía claro aquella tarde en Chamberí, aunque todavía no supiera ponerlo en palabras:
mi vida sería como tuviera que ser.
Pero sería mía.
Y quizá eso fue lo más importante que aquel italiano me enseñó.
Aunque, para ser justos, aquellas manos también dejaron una impresión bastante duradera.

