Madrid. Yo tenía 11 años. Él, uno más.
No recuerdo qué día era. Ni siquiera recuerdo el mes.
Pero recuerdo los pinos. El calor del verano.
Y eso tiene algo de cabrón, porque después de tantos años he olvidado caras, nombres, cuerpos, conversaciones enteras y algún que otro hombre al que probablemente juré no olvidar jamás. Sin embargo, todavía puedo regresar mentalmente a aquella urbanización, atravesar los pinares y encontrar una cabaña construida por un grupo de niños que todavía no sabía que estaba a punto de empezar a hacerse mayor.
Allí comienza esta historia.
Y, por tanto, allí empieza el número 1.
Se llamaba D.L.F.
Era un año mayor que yo y el más desarrollado de nuestro grupo de amigos. A los once años, doce parecen muchos. Un año puede convertirse en una distancia enorme cuando todavía mides la vida por cursos escolares.
Nosotros construíamos cabañas.
O eso decíamos.
Juntábamos maderas, ramas y cualquier cosa que pudiera servir para levantar un lugar que considerábamos nuestro. Un territorio sin padres, sin madres y sin demasiadas preguntas. Probablemente era una construcción lamentable, pero para nosotros aquello era Versalles.
Un día nos quedamos solos.
Y sucedió algo para lo que yo no tenía manual de instrucciones.
D.L.F. tomó la iniciativa. Yo no entendía exactamente qué estaba ocurriendo ni qué se suponía que debía hacer. Sin pudor alguno, se bajó los pantalones, dejando caer un pene enorme para el cuerpo y la edad que tenía. Recuerdo la curiosidad. Recuerdo el desconcierto.
Y de pronto dice:
– ¡Chúpala!
Recuerdo seguir unas instrucciones que probablemente él tampoco comprendía mucho mejor que yo.
Y recuerdo, especialmente, el silencio.
Porque aquello no se parecía a ninguna de las historias que muchos años después utilizaríamos para explicar nuestras primeras veces.
No hubo música.
No hubo una declaración.
No hubo velas, por supuesto.
Éramos dos críos en una cabaña en mitad de unos pinares descubriendo algo que ni siquiera sabíamos nombrar.
Durante unos minutos tuve en mi poder la que fue la primera de las tantas que me iba a comer, 42 años después todavía siento su olor.
Y entonces apareció el sonido que cerraría la escena para siempre.
Una Derbi Variant.
Todavía hoy podría reconocer aquel motor entre cien motocicletas.
Se acercaba.
Cada vez más.
Y, poco después, la voz de mi hermana atravesó los árboles.
Me estaba llamando.
Había llegado la hora de comer.
Resulta fascinante la capacidad que tienen las familias para irrumpir en los momentos trascendentales de tu existencia por cuestiones absolutamente prioritarias como que se enfríen los macarrones.
Salí de aquella cabaña.
Volví a casa.
Comí.
Y D.L.F. y yo nunca volvimos a hablar de lo sucedido.
Ni al día siguiente.
Ni la semana siguiente.
Nunca.
Durante muchos años pensé que esa ausencia de conversación significaba que allí no había habido una historia.
Ahora pienso exactamente lo contrario.
El silencio era parte de la historia.
No sé qué significó aquello para él. No voy a inventarlo ahora para conseguir un capítulo mejor. Tampoco puedo asegurar qué significó para mí entonces, porque sería hacer trampas: estaría poniendo la cabeza de un hombre de cincuenta y tantos años dentro del cuerpo de aquel niño.
Lo que sí sé es lo que significa para mí hoy.
Fue una puerta.
No necesariamente al sexo. Eso vendría después y de muchas formas distintas.
Fue una puerta a la curiosidad, al secreto, al deseo de entender quién era yo y a esa extraña costumbre que he tenido durante toda mi vida de buscar respuestas en otras personas.
Después llegaron muchísimos hombres.
Algunos tuvieron nombre.
Otros, apenas una noche.
Tres consiguieron quedarse durante 5, 7 y 17 años.
He amado.
Me han amado.
He sido infiel a mis propias convicciones más veces de las que probablemente admitiría alguien con un mínimo sentido de la autopreservación.
He hecho daño.
Me lo han hecho.
He confundido deseo con amor y amor con dependencia. También he sabido distinguirlos perfectamente y he decidido equivocarme de todas formas, que tiene bastante más mérito.
Y he acumulado historias.
Más de cinco mil hombres después, resulta casi absurdo que pueda seguir viendo aquella cabaña.
Pero puedo.
Los pinos.
Las tablas.
El verano.
D.L.F.
Y una Derbi Variant acercándose entre los árboles.
Quizá por eso él es el número 1.
No porque fuese el primero de una lista.
Sino porque fue el primero que dejó una pregunta.
Y llevo toda una vida intentando responderla.
Esta es la historia del Hombre #1.
Del #2 recuerdo bastante más.
Aunque no estoy completamente seguro de que eso sea una buena noticia.

